Entrevista a Ganaderas en Red

Entrevista publicada en el Boletín ECOS, núm. 42, dedicado a Mujeres y Mundo Rural: nuevos y viejos desafíos.

Monica Di Donato

Fuhem Ecosocial

Monica Di Donato (MDD): La desigualdad de género y la invisibilización de la mujer están muy presentes en el medio rural. ¿Cuál es vuestro diagnostico con respecto a esta situación? ¿Dónde están los focos del problema?

Ganaderas en Red (GeR): Creemos que esta situación está presente en el medio rural y en el urbano, pero quizás sí es cierto que de forma más afianzada en el mundo rural. Posiblemente esto es consecuencia de la histórica falta de acceso a la cultura y el aislamiento que ha permitido perpetuar las creencias de una sociedad machista interesada en que el papel de las mujeres no se reconociera. Esto, aunque ha ido cambiando – el momento dulce de acceso a la cultura se hizo efectivo- ha supuesto que las mujeres, en muchos casos no encontraran condiciones adecuadas a su “nuevo” papel y tuvieran que irse fuera. Hay una cuestión de base que afecta a toda la población rural, aunque en las mujeres se ensaña con más crueldad, y es por lo que podríamos llamar la “doble invisibilización”: por pertenecer al mundo rural –que de cara al medio urbano, los centros de poder y las políticas parece que no existe- y el añadido que comentábamos de ser mujeres. De esta manera, en la actualidad, el abandono de muchas zonas rurales, falta de infraestructuras y los servicios empujan a la mujer a volver a emigrar a lugares que proporcionen más oportunidades a ellas y a sus hijos. Las que se quedan sufren junto a sus familias esas carencias, y pasan a ser invisibles ellas primero y sus familias, porque parece que el mundo rural no existiera aparte de una foto bucólica de fin de semana. Por otra parte la presión social, muy elevada en entornos reducidos, aislados hasta no hace tanto y estables como son los pueblos, ha supuesto un corsé muy apretado para las mujeres y sus acciones con lo que los cambios se han ido viendo poco a poco. Hay también en la vida en el campo una relación con el aspecto físico, que ha sido base de una estructura secular con la que luchar ahora y que ha condicionado la visión que se ha heredado. Por una parte, físicamente, en general, las mujeres hemos tenido menos fuerza para realizar todas las tareas necesarias para el buen funcionamiento por ejemplo de la ganadería (plantar estacas, reducir a un ternero cuando se va a destetar, manejo de los sementales, serrar un árbol, descargar o cargar pacas de hierba, manejar maquinaria, etc.) y por otro lado, el hombre, desde los tiempos de las cavernas, ha aprovechado su fuerza física para doblegar: no sólo a las mujeres, sino a aquellas personas diferentes por raza, orientación sexual, o diferentes capacidades. Así se han elaborado leyes injustas y se han perpetuado situaciones de privilegio para los hombres y de sumisión para las mujeres que la sociedad iba asumiendo. También se llevaba a cabo una labor de “domesticar” el temperamento con castigos de maltrato físico o la privación de libertad. Esto ha llegado a ser admitido como algo natural e incluso por designación divina, pues no debemos olvidar la enorme incidencia que en este aspecto han supuesto las religiones a la situación y vida de las mujeres. El aislamiento, poca población, dificultad de desplazamiento y comunicación, falta de alternativas de ocio y actividades culturales y una estructura social con sus cosas positivas pero también cerrada, contribuyen a que la mujer rural se sienta más sometida. También el sempiterno prejuicio urbano de que la mujer que ha nacido y vivido en un pueblo es una persona inculta, hace mella y la gran mayoría de las personas que se forman en la ciudad rehacen sus vidas en ese nuevo medio urbano, desligándose del rural. Esto se compagina curiosamente con una visión muy idílica del campo, que desde la urbe a menudo sólo se conoce para momentos de ocio. En un sentido o en otro, no es una visión realista del medio rural, no se ve, al final. Más invisibilidad. Siendo conscientes de que en el mundo urbano, y en la sociedad en general el machismo permea todos los grupos sociales y llega a todas las casas, parece que estas condiciones del medio rural son un caldo de cultivo idóneo para que estas desigualdades de género no se afiancen con fuerza. Se van produciendo cambios, tanto en lo social como en lo normativo, pero la lucha por la equidad ha sido de las mujeres y prácticamente sólo de ellas en los últimos doscientos años. El matriarcado sigue siendo una realidad en algunas partes del territorio rural del estado español, a pesar del cuestionamiento alrededor de ello que existe.

MDD: En ese sentido, si tuvierais que hablar de avances o retrocesos, ¿cuáles son los ámbitos donde las valoraciones son positivas y cuales donde son negativas?

GeR: Indudablemente se ha avanzado mucho en algunos temas, aunque quede tanto por hacer. Se ha avanzado fundamentalmente en el acceso a la formación y preparación académica que abre múltiples posibilidades al desarrollo personal de todos aquellos niños, niñas y jóvenes que habitan el mundo rural. Esto tiene varias consecuencias positivas, aunque, por la propia condición del medio rural en el sistema global, tiene una condición negativa. Nos explicamos. Las mujeres rurales han accedido a la formación y a estudios superiores al igual que muchos hombres, pero para ello han tenido que salir del pueblo. Esto ha conllevado que muchas mujeres hayan emigrado por la búsqueda de esta formación, de cultura, de estudios, etc. Algunas han retornado a los pueblos, pero son las que menos, y otras siguen su vida en el ámbito urbano. Así, este acceso a la formación no ha ido de la mano de políticas que permitan que esas mujeres puedan desarrollarse en el mundo rural, lo que les lleva a abandonar sus pueblos y seguir contribuyendo a la despoblación del mundo rural. Igualmente, la poca población joven que ha salido y vivido en el entorno urbano y retorna al pueblo es menos propensa a aceptar las reglas sociales colectivas del rural y tienen la mente más abierta a los cambios que vienen para quedarse.  Así se repite la dualidad: se sale al mundo urbano incorporando formación y apertura de mente, pero la evolución del rural no acompaña, y es porque esa cultura y formación no se lleva al medio rural, no porque la gente no tenga esa capacidad. El medio rural ha estado marginado, y eso, tiene sus consecuencias. Han tenido que ser sus pobladoras las que con gran esfuerzo hayan acercado estas nuevas miras y en muchos casos se hayan frustrado por no poder desempeñar sus capacidades y conciencia reforzada en el medio urbano. Sin embargo, esa dualidad urbano-rural no refleja bien los diversos grises de esas relaciones campo-ciudad, saberes-formación, antiguo-moderno, inculto-culto, etc. Lo cierto es que esas categorías siguen pesando en el ideario social y condicionan la vida de las personas en el campo y en especial de las mujeres que rompen los estereotipos de esos extremos: para quienes heredamos tradiciones agrarias y luchas por significar nuestra vida rural, retar por ejemplo los repartos de tareas según estereotipos de género es un camino a menudo lleno de conflictos; para quienes no nos criamos en el campo, sino que hemos llegado desde alguna ciudad por elección, hoy en día hay posiblemente más oportunidades que en el pasado, pero no es fácil subvertir roles o ejemplificar formas nuevas o diferentes de ser mujer.

MDD: Desde vuestro punto de vista, ¿cuáles son las herramientas, los discursos, los pasos para crear más concienciación sobre el papel -absolutamente invisibilizado (tareas domésticas, tareas agrarias, etc.)- de la mujer en el mundo rural, para combatir una vulnerabilidad tan específica en este medio, en definitiva, para ir hacia un empoderamiento real?

GeR: Nosotras lo tenemos claro: herramientas, discursos, pasos, cambios de prácticas, etc., creemos que todo pasa inevitablemente porque nos asociemos y trabajemos conjuntamente, como se está intentando hacer en Ganaderas en Red, que analicemos quiénes somos, qué hacemos, cómo, y de qué manera podemos transmitir a la sociedad todo ello para que entiendan nuestro papel, nuestro trabajo y lo apoyen de una manera directa, sin intermediarios ni altavoces ajenos. Nosotras conocemos y sabemos cuál es nuestro mensaje y también en este caso, nuestra profesión. Para ello las mujeres rurales necesitamos redes de internet eficaces (el acceso bueno y rápido es inexistente en aldeas, poblaciones pequeñas e incluso medianas). En primer lugar para apoyar esa unión entre mujeres: por ejemplo para sacar adelante proyectos de trabajo común desde donde desarrollar nuestras propias ideas sin ayuda de la pareja y así ser autosuficientes (por ejemplo: la venta directa GeR, asociarse dos o varias mujeres de la misma zona para llevar una explotación conjunta más diversa, etc.). En esta unión se ponen de manifiesto herramientas propias como la capacidad de lucha por lo que queremos o la capacidad de innovar en el manejo ganadero o de emprender. Así como la gran capacidad de trabajar en equipo y de forma colaborativa que tenemos las mujeres. Por otro lado, esas redes nos están sirviendo también para adueñarnos de nuestra propia imagen pública y mostrarnos al mundo, tanto al entono cercano, como a otros más alejados, como nosotras queramos, como somos, sin las gafas juiciosas de nadie de por medio. También creemos, y es una de nuestras grandes reivindicaciones, que la educación y sensibilización desde la infancia en centros educativos formales y no formales es una herramienta imprescindible de cambio: la educación primaria es fundamental para llegar a la igualdad. Si los/as niños/as desde el cole asimilan como algo normal, como lo que es, la igualdad entre ellos y ellas, lo van a llevar adelante a lo largo de toda su vida. Y lo que se aprende en el cole luego debe practicarse en casa. Eso implica también que debe existir en la familia una predisposición y un ejemplo, lo cual puede ser más costoso por los roles de género que tenemos tan incorporados. Todo ello creemos que puede llevarnos a un equilibrio emocional y actitud de apertura que nos permita avanzar y dar a conocer nuestras inquietudes al resto de la sociedad. Además, nosotras queremos ser las primeras que nos abramos a otras personas, colectivos, iniciativas que nos hagan más fuertes. Nuestra fuerza es estar juntas y nuestra inteligencia y enorme capacidad para creer en la vida y en que todo es posible.

MDD: ¿Qué valoración hacéis sobre los efectos de la Ley 35/2011 sobre titularidad compartida de las explotaciones agrarias?

GeR: Es evidente la poca aceptación que ha tenido la ley, dado el escaso número de peticiones que se han llevado a cabo desde su implantación. Hay que preguntarse por qué, y responder honestamente a esta pregunta: desde las dificultades a nivel administrativo, más o menos solventables, hasta las económicas, más difíciles de afrontar pasando por algunas cuestiones culturales. Por una parte, si la economía de una granja difícilmente se sostiene con las ventas y subvenciones, añadirle el gasto que supone la doble titularidad lo hace totalmente insostenible. Quizás los que hayan conseguido una “economía holgada” pueden permitirse ese "lujo". La titularidad compartida en una economía ajustada es imposible. Por otra parte, si tradicionalmente el “poder económico formal” dentro de las familias ha estado en manos de los hombres, revertir esta situación va vinculado también a un cambio de visión en este aspecto, lo cual no siempre es fácil dada la cultura patriarcal en la que estamos inmersas. Si los cuidados y la aportación que han hecho las mujeres tradicionalmente en el seno de una familia ganadera se cuantificara tal y como reivindica la economía feminista, posiblemente habría que hablar en otros términos cuando hablamos de derechos de titularidad. Falta información, en muchos casos los hombres no están preparados para compartir su titularidad con nadie y el impacto positivo económico no es muy tangible, con lo que muchas veces es una cuestión más de amor propio y autorreconocimiento que un beneficio directo como trabajadora. Por lo tanto, son dos las cuestiones que plantear: mientras no se solucionen los problemas inherentes de la no existencia de precios justos en origen y la actividad de la ganadería permita una economía digna, mientras las cuestiones burocráticas, la carga cultural y la insensibilidad al valor de los cuidados y el tiempo que se invierte en ellos sigan presentes, pensar en titularidad compartida es una utopía. Es una lucha a varias bandas: en la concienciación social y política sobre la realidad de la ganadería extensiva impregnada de la lucha feminista que requiere cualquier sistema que busque la sostenibilidad. Pedimos a las instituciones medidas reales que permitan a las mujeres emprender en esta actividad, facilitar el acceso a la tierra y la compatibilidad necesaria para que de forma global sea rentable tener la titularidad más allá de desear hacerlo por autoestima.

MDD: Cada vez se hace más evidente la despoblación y el abandono al que se está viendo sometido el mundo rural. En ese sentido, existe un flujo importante de mujeres (pero no sólo) que dejan el campo y otro flujo, que viaja en sentido opuesto, de mujeres denominadas “neorurales” que llega al campo con una maleta llena de valores, ideas, visiones muy distintas a las que tradicionalmente existen en el campo, y que hacen una apuesta de vida diferente, para arraigarse en el medio rural y poder recuperarlo. ¿Qué opinión os merece este fenómeno? ¿Cuál pensáis que puede ser el balance de estos dos flujos, sobre todo considerando el problema del envejecimiento que se observa en el medio rural?

GeR: En Ganaderas en Red tenemos un ejemplo de mezcla de orígenes antes de acceder a la actividad. Por una parte, las que venimos de la ciudad con nuestro bagaje cultural y nuestra maleta, en muchos casos tenemos una visión idealizada del mundo rural. Una vez que aterrizamos, y dependiendo de donde lo hagamos, nos encontramos con una realidad distinta, en ocasiones hostil y difícil de digerir, o, por el contrario, encajamos con más o menos trabajo dentro del entramado rural. Sin embargo, aunque lleguemos a encajar, siempre encontramos dificultades que no imaginábamos. A nuestras limitaciones en el rural se suman las posibles de los hijos y el cuestionamiento continuo al que nos enfrentamos de si les estamos ofreciendo todas las oportunidades que desean. Como decíamos antes, el flujo de población del campo a la ciudad se basa en la búsqueda de oportunidades tanto laborables como educativas. Creemos que en muchos casos el viaje de la urbe al campo está envuelto en desconocimiento y que sólo tendrán éxito las mujeres que vayan con un objetivo y proyecto claro y factible de trabajo. El problema radica en que hay un porcentaje de neorurales con conceptos poco claros, con una idea muy bucólica de lo que es la vida en el campo, como una vida muy fácil, muy llevadera, de poco trabajo, etc. y todo esto lleva al fracaso de sus proyectos y su experiencia rural y además a la larga arrastra a una visión escéptica de la población autóctona ante la llegada de este tipo de población. Por otra parte, hay también una percepción desde la mujer rural “autóctona” –sobre la que recaen ampliamente las consecuencias de la precariedad, las dificultades para encontrar la manera de crecer económicamente y el machismo- de que los derechos de las mujeres son mayores en la urbe. A menudo sucede que, tras haber migrado del campo a la ciudad, tarde o temprano, en la ciudad llegan a la misma situación por ser mujeres, y entonces, puede ser demasiado tarde para retroceder. No es todavía compartido por todas las mujeres el orgullo por su estilo de vida rural y de esta manera transmitirlo a su prole y gente conocida, y este es un tema todavía a mejorar. Curiosamente, la falsa ilusión de un mundo mejor “al otro lado” posiblemente sí es compartida por mujeres que transitan de uno a otro extremo de ese continuum rural-urbano del que hablábamos más arriba. En las cuestiones más concretas, este flujo en ambos sentidos, con la experiencia de GeR, cuando nos unimos, vemos que es complementario. Aunque tanto las ganaderas nuevas como “las de siempre” tienen muchos obstáculos, las de siempre saben a lo que se enfrentan y al saber manejar el ganado tienen menos problemas; sin embargo, las nuevas tienen la ventaja de tener una mente más abierta a los cambios porque al no haber realizado antes esta actividad, están dispuestas a hacer las cosas de una manera distinta. Encontrarnos ambas, nos enriquece enormemente y nos hace más fuertes.

MDD: Como ganaderas y cuidadoras del medio y de los sistemas agroganaderos en concreto, en un ambiente muy masculinizado, ¿cuáles son los mayores problemas, presiones y prejuicios que percibís?

GeR: Sentimos que tenemos que sobre esforzarnos en todo lo que hacemos, demostrar que podemos trabajar igual, no ya para ser respetadas sino simplemente reconocidas como parte importante del entramado de la vida. Y se da algo curioso: si además tenemos una formación académica o estudios superiores, hay una actitud “a la defensiva” del sector masculino, como si se sintiera amenazado por una nueva mujer que ya se atreve a ser. Es cierto que los prejuicios han disminuido con los años, aunque a muchas nos siguen identificando por “la madre de”, “la mujer de”, “la nuera de”, etc., como si no tuviéramos identidad propia. Hay un tema que no suele señalarse pero que para nosotras es fundamental y es el que tiene que ver con la parte más “práctica” de nuestra profesión: toda la maquinaria, vestimenta, calzado, todo lo relacionado con volúmenes, pesos, etc., está pensado para el físico masculino. Nuestras herramientas de trabajo están masculinizadas, y ese es un sesgo tangible y visible que de nuevo exige en nosotras un esfuerzo extra. En muchos casos los tratantes, veterinarios, u otros profesionales con los que tenemos que relacionarnos, se dirigen a los hombres antes que las mujeres aunque compartan explotación o incluso siendo nosotras las que la dirijamos, o al contrario, tienen una actitud excesivamente paternalista y/o sorprendida como si no estuviéramos a la altura de las circunstancias sólo por el hecho de ser mujeres. También es cierto que muchas percibimos un reconocimiento y respeto diferente (en positivo) por mantenernos en la actividad ganadera a pesar de las dificultades que esto entraña. Esto no lo hemos vivido las que venimos del mundo urbano.

MDD: Desde una perspectiva ecofeminista, se mantiene que las categorías de mujer y animal tienen la misma función simbólica en el pensamiento occidental: ambas han sido construidas como el “otro” para ser dominado, sometido y utilizado. Esto implica, como sostienen muchas autoras, una reformulación del sistema de valores y de la categoría del “otro”, opuesto al "yo" masculino. El nuevo sistema de valores se basa en el reconocimiento de valores entre las diversas especies (horizontal) y este tipo de consideraciones tienen, por ejemplo, mucha relevancia dentro de las contribuciones del ecofeminismo a la teoría de liberación de los animales (y también en las opciones del vegetarianismo, veganismo, etc.). ¿Desde vuestra visión, cómo resolvéis esta relación?

GeR: Es muy interesante esta pregunta, porque precisamente ahora, después de los primeros pasos de GeR donde se va haciendo más sólido el grupo, empezamos a adentrarnos en nuevos temas, debates y reflexiones conjuntas. Este es uno de ellos y como todos los temas importantes lleva tiempo, necesita mucha reflexión y evolución por sí mismo en el seno del grupo, por eso no nos atrevemos ahora mismo a posicionarnos de forma cerrada en una afirmación -tampoco lo hacemos con otras cuestiones, pues siempre defendemos la diversidad de las mujeres del grupo. Lo que sí es cierto es que estamos empezando a compartir miradas, visiones y ver que la forma de entender esta relación es como en tantos otros temas: diversa, complementaria y llena de matices. Lo que de entrada sí nos une es que nos resulta difícil explicar la relación que establecemos con nuestros animales, cuya crianza es el centro de nuestra vida, no sólo profesional, sino familiar, cultural, etc., y que a pesar de ello podamos vivir de ellos. Además, algo que solemos destacar cuando nos reivindicamos como mujeres ganaderas es precisamente que sí creemos que como mujeres tenemos un manejo distinto del ganado, en el que esa parte de empatía y cuidados entre seres vivos se refleja en el trato que nosotras damos a los animales. Su salud, su alimentación, su supervivencia frente a dificultades, a veces está casi incluso por delante de la nuestra propia o la de nuestras familias. Así que se trata de una relación compleja de interdependencia.

MDD: Para terminar, ¿Cuáles son las organizaciones hermanas en el territorio, cuyo trabajo y objetivos consideráis importante para avanzar en las reivindicaciones comunes?

GeR: Digamos que este espacio que hemos creado hacía falta, no encontrábamos referencias alrededor, aunque siempre hay entidades que están ahí y de las que participamos muchas, como FADEMUR (Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales), aunque casi siempre nos implicamos a nivel más local. Hay ganaderas en AZME (Asociación Zamorana de Mujeres Emprendedoras), SOMOS Sierra Norte de Sevilla, Mujeres Arcoíris, la asociación cultural La hila. Reconocemos, sin embargo, que todavía cuesta asociarse y unirse. Hay también entidades como trabajan por la puesta en valor de la ganadería extensiva como Trashumancia y Naturaleza y por supuesto la Fundación Entretantos que es la que ha ido acompañando este proceso desde los inicios.

 

Si quieres profundizar más sobre Ganaderas en Red, su historia, quiénes son, de dónde vienen, por qué se juntan y cuáles son sus reivindicaciones, descarga este dossier, un documento consensuado por todas las Ganaderas en Red a lo largo de estos tres años de trabajo y encuentros colectivos.

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